Sincé: La política como herencia, el futuro como limosna.

En Opinión, Política
marzo 17, 2025
En Sincé, el calendario electoral no marca una fiesta democrática, sino la repetición puntual de un viejo ritual: el mercado del voto.

Sincé, como muchos pueblos del Caribe colombiano, carga con el peso de una historia política escrita no con propuestas, sino con banderas heredadas y votos negociados. Desde el nacimiento mismo de la república, liberales y conservadores se han turnado el poder como si fuera un derecho natural y no una responsabilidad cívica. Esta dicotomía, que en otros lugares fue superada o al menos transformada, en Sincé sigue siendo la trocha por la que ha transitado la política local y donde ha quedado inevitablemente atorada.

En Sincé, el voto nunca ha sido un acto de conciencia, sino un ritual tribal. La polarización no solo partió en dos al municipio, sino que condicionó durante generaciones la forma misma de pensar lo público. Ser liberal o conservador no implicaba un proyecto de sociedad, sino una identidad impuesta, casi genética. Esta lógica, abonada por la ignorancia, se convirtió en un terreno fértil para el clientelismo, la corrupción y el estancamiento. Porque cuando se vota por costumbre o por lealtad ciega, el poder no rinde cuentas, se perpetúa.

Pero el mayor daño a la democracia no proviene solo de esa vieja división bipartidista. Lo verdaderamente alarmante es cómo el acto de votar ha sido vaciado de todo sentido ético, reducido a una simple transacción económica o laboral. En Sincé, la compra y venta de votos no es un escándalo: es rutina. Un crimen normalizado, que solo es posible porque TODOS participan. (Si, tú también, que sabes que pasa y no lo denuncias)

La desesperanza económica, el abandono institucional y la falta de oportunidades han convertido el sufragio en una moneda más del mercado informal. Desde niños hemos visto al político ir de casa en casa repartiendo bolsas de cemento, zinc, etc. Políticos sin propuestas, sin visión y sin escrúpulos invierten en campañas como quien invierte en ganado: con la certeza de que, al final, obtendrán réditos. La democracia y el futuro se venden por un billete, por una promesa falsa, por una necesidad urgente. Y así se elige no al mejor, sino al que más tiene para repartir.

El resultado es un círculo vicioso: los votantes reciben migajas que alivian por horas sus carencias; los elegidos, ya instalados en el poder, administran la pobreza como un negocio personal. Y mientras tanto, el municipio sigue igual o peor: con escuelas deterioradas, Un intento de hospital que no sirve, vías destruidas, obras e inversiones en cosas que no son prioridad y una juventud que solo sueña con irse.

Frente a este escenario, la gran pregunta es: ¿dónde están los liderazgos? ¿Dónde está esa figura que rompa con la lógica del “siempre lo mismo”? La respuesta es dura: en ninguna parte. Porque el sistema no solo compra votos, también desactiva las posibilidades de que surjan voces distintas. Los liderazgos alternativos, cuando aparecen, son rápidamente sofocados por el cinismo colectivo, el miedo al cambio y la maquinaria bien aceitada del poder local y terminan uniéndose a esa maquinaria.

Y cuando no hay líderes, la figura del alcalde —que debería ser, como la constitución lo dicta: un servidor público, un articulador de soluciones, un vocero de la comunidad— se convierte en una especie de patrón moderno: distante, arrogante, inalcanzable. Un personaje que gestiona recursos como favores personales, rodeado de aduladores y protegido por la desinformación y la ignorancia.

Romper con esta lógica implica más que elegir caras nuevas. Implica educar al votante, cambiar la percepción de lo que significa participar en política. Implica dejar de ver al alcalde como una figura divina y empezar a exigirle resultados, transparencia, empatía. Pero para que eso ocurra, se necesita algo aún más difícil de conseguir: voluntad colectiva.

Hoy, Sincé vive atrapado entre el conformismo, la necesidad y el olvido. Pero incluso en medio de esta realidad sombría, hay algo que no se ha extinguido del todo: la posibilidad de una ruptura. Frágil, remota, improbable. Pero posibilidad al fin. Tal vez algún día alguien decida no vender su voto. Tal vez otro se atreva a cuestionar a su candidato. Tal vez un joven se niegue a repetir la historia de sus padres. Tal vez.

Y si eso ocurre, aunque sea una vez, aunque sea en una sola esquina del municipio, entonces habrá una grieta. Y por esa grieta, quién sabe, podría filtrarse algo parecido a la esperanza.

Nota: El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva de su autor y no refleja necesariamente la posición editorial del periódico.